Comida con sazón a campo: ibaguereña con su caldo de costilla la está 'rompiendo' en la ciudad

Crédito: Fotos: Natalia Andrea Barrero Sánchez / EL NUEVO DÍAA través de la cocina conserva sus raíces
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Soledad Chagualá es una mujer que tuvo que dejar el campo y vivir en la ciudad. Pese a todos los cambios y obstáculos ha sacado con la pujanza de la mujer pijao a su familia adelante, demostrando que ante las adversidades siempre está dispuesta a dar lo mejor de sí.
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es dueña de un restaurante ubicado en la Cra. 2 N° 26-60 en el barrio San Pedro Alejandrino en Ibagué. Lugar que es fácil encontrar, pues a lo lejos se divisan las ollas montadas sobre leños, que le dan a sus preparaciones la sazón a campo que ha caracterizado durante seis años su cocina. 

Soledad es una mujer que habla fuerte y denota el tesón de sus ancestros del sur del Tolima. Ella nos abrió las puertas de su negocio y nos contó detalles de su vida. Las duras condiciones que ha tenido que atravesar y que la llevaron allí, al lugar donde ahora deleita a sus comensales con su comida a leña.

Sus raíces son de Ortega y, aunque nació y se crió en Ibagué, quiere seguir transmitiendo a través de sus platos la rica cultura del terruño, de sus ancestros. 

 

Así sea pegado con guiso

Soledad nos ofreció su variado y delicioso menú tradicional, sus desayunos de sudados y caldos de todos los tipos, pollo, costilla, hueso cogote que nos recuerdan el sabor de la ruralidad.

También nos enseñó sus almuerzos, de los que nos confesó que puede vender hasta 200 en un fin de semana, su clientela, aunque variada, es fiel. Les gusta el sabor adicional que entregan los leños quemados a las comidas.

Sus platos rondan entre los 10 mil y 20 mil pesos, dependiendo del tipo de comida que se busque. Si quiere un corrientazo, un ejecutivo o uno especial. Cambia todos los días de menú, excepto por los fríjoles que nunca pueden faltar en la mesa.

Soledad nos cuenta que la encargada de cocina es ella: “Tengo mis empleados, el restaurante es familiar, que es mi esposo y mis hijos”. Le gusta estar al frente y darle amor a cada una de sus preparaciones.

Aseguró que tiene clientes que les encanta su cocina y que le dicen: “Vecina, así sea pegado con guiso”, pues disfrutan del menú que les ofrece su restaurante.

 

¿Qué pasó en la pandemia?

En esa época, nos narró Soledad, fue muy difícil para su negocio por el obligado aislamiento. “Me cerraron y el local nunca se pudo volver a abrir”, cuenta. Pagó seis meses de arriendo, hasta que el bolsillo no pudo más. 

“Cuando empezó la pandemia que nos encerraron el 20 de marzo, yo tenía mercado como nunca”, pues acostumbraba a comprar por bultos, y recuerda con cierta nostalgia, “el mercado era más económico”.

Allí, su ingenio para los negocios y esa capacidad de sobreponerse a los problemas relució, por lo que cuenta que sacó el permiso que les brindó la Administración local para salir: “Yo me defendí como pude con ese carnet”.

Tenía que realizar una larga travesía a diario para llevar el dinero a casa, ir a la plaza a ofrecer sus desayunos: “Yo salía con un carrito de cuatro llanticas y empujarlo de aquí para allá; hacía caldos, sudados”.

Soledad iniciaba su jornada de madrugada a vender lo que tenía y ya en la mañana regresaba de nuevo para alistar la preparación del día siguiente.  

No perdió el arranque y como pudo organizó la terraza de su casa con su cocina a leña. Iba atendiendo a sus clientes de cinco en cinco, poco a poco sacó sillas y mesas hasta que las restricciones se fueron levantando y pudo retomar el local.

Suministrada / El Nuevo Día

 

La carestía

Este año la carestía ha golpeado sus finanzas, los precios del mercado se han duplicado y hasta triplicado, las compras por bultos quedaron atrás: “Antes se compraba un racimo de plátanos en $6 mil, ahora cuesta 20 mil pesos”.

Ante esta situación, Soledad decidió subirle al precio, antes que quitarle a las porciones. La clientela nos cuenta que ha bajado porque las personas prefieren llevar su comida desde casa y acepta “un diario de restaurante, cuánto no cuesta ahora”.

Lo que más le sorprende es la subida de los precios de la carne, que han ido en aumento y ahora cuesta desde 25 mil pesos el kilo. 

Asegura que, si los precios aumentan, tendrá que irremediablemente subirle el precio de la sus almuerzos, pero su mayor temor es que llegue un momento en donde nadie llegue, “la clientelita se va a mirar qué puede conseguir más económico”, asegura con un dejo de resignación.  

 

Un negocio en familia

El restaurante es un proyecto familiar que trae las raíces del campo a la ciudad, su esposo, Fernando Galvis, es su fiel escudero. Cuenta que empezó con tres mesas, pero que con su constancia ha logrado tener un negocio estable y rentable. 

“Nuestro restaurante está especializado en la leña y el carbón”, asegura Soledad.  Dice que al lado de su familia trabajan incansablemente, los fines de semana hacen tamales, cada quince días hacen 140 tamales con el sabor de Ortega.

El servicio de su restaurante arranca a las 6:30 a.m. Aunque están despiertos desde la madrugada: “Hoy me levanté a las 4 de la mañana y terminamos a las 4 de la tarde, doce horas completas de una larga jornada laboral”.

 

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Credito
ANA MARÍA QUINTERO

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